MIHINTALE: SEGUNDA PARTE

Nos despertamos en Mihintale, en aquel zulo en el que era imposible dormir. Jacobo llevaba ni sé el tiempo dando vueltas en la cama. ¡Menudo calor más espantoso hacía!

Esa habitación se iba haciendo más pequeña y más angustiosa por momentos… yo dormí medianamente bien, pero de la que despegué el ojo decidimos salir pitando de ahí, no sin desayunar antes (los desayunos son nuestro fuerte, prácticamente la única comida que disfrutamos últimamente 🤣).

Así que como no queríamos saber nada de ese “hotel”, y mucho menos darles dinero por nuestro desayuno (no sé por qué, pero se nos cruzó) nos fuimos dando un paseo a buscar algo para desayunar. Encontramos una cafetería moderna en los bajos de un supermercado y ahí que entramos. Se nos hacía la boca agua con tanto bollo y zumos de frutas (mis preferidos) así que encargamos unos zumos de naranja y de piña, unos bollitos y unos cafés negros.

No tenemos ni puñ***** idea de cómo se hace el café de aquí, pero ya van muchas veces (ya hemos perdido la cuenta) en las que el café nos sabe a tierra. Sí, como lo oís. A tierra del campo. Como si cultivasen los granos de café bajo el barro.

Hemos aprendido a no remover el café para que se vayan quedando esos positos de tierra al fondo de la taza y no tener que tragárnoslos (se quedan entre los dientes y los papos y da bastante grimilla), aunque a veces se me olvida y le doy un último trago bastante desagradable. (¡Menuda manera de terminar el desayuno!).

Una vez nuestros estómagos iban bien cargados, nos cogimos las mochilas (previa ducha de agua fría ya que la caliente brillaba por su ausencia… aunque con la sudada que habíamos pillado preparando nuestras cosas en ese antro cualquier agua era bienvenida 🤣) y nos fuimos a terminar de ver las ruinas que teníamos pendientes del día anterior.

Mihintale
Preciosa estupa que nos encantó

A decir verdad, lo que nos quedaba por ver nos pareció bastante más bonito que el resto de ruinas ya vistas. Nos descalzamos un par de veces más, y en uno de ellos, tuvimos que pagar 20 rupias aparte de la entrada por guardar las chanclas, cosa a la que te obligaban. Como soy un poco “tocapelotes” yo le preguntaba a ver dónde ponía que tenía que pagar, porque no veía ningún cartel. Jacobo por detrás “no discutas”.

Si yo no discuto, pero me hace “gracia” tener que ir pagando por ahí sin ton ni son porque a uno le salga de la punta del pie. ¿Sabéis qué pasa? Que no es la primera vez. En la casa de cambio del aeropuerto ya nos quedamos sin algunas rupias porque no tenían monedas. ¿Perdona? Pero como eran céntimos insignificantes, tampoco le dijimos mucho.

Mihintale
Buddha inmenso

Pero también le dije, con mi sonrisa que nunca falte, ¿y estas rupias dónde están? No es que aquí no tenemos esas monedas. ¿Pero… no tenéis aquí o es que no hay en el país? No, no tenemos aquí. Y se quedó tan pancho. Yo se las pedí, y él no me hizo ni caso. Serían unos céntimos de euro, pero eran NUESTROS. Ellos por si acaso no te dan, ya si eso tú tienes que pedir y que te devuelvan.

También nos ha pasado en el bus: de tres trayectos que hemos hecho hemos pagado diferentes precios por cada uno. Y volvemos a la misma picaresca: te cobran más, no te dan ticket, y como le pagues con un billete pequeño no te dan las vueltas. Y si cuela cuela. No quieres discutir porque para ti no supone apenas dinero, pero toca la moral que te vayan tomando el pelo en toda tu cara sólo por ser extranjero.

Mihintale

El caso es que después de terminar en Anuradhapura nos dirigimos a Mihintale, un pueblo que está a una media hora en tuk tuk y al que fuimos con un hotel cogido. ¡Esta vez vamos a tiro fijo! Era una casa de una señora que solía viajar a Chipre y hace dos años montó esa casita con habitaciones.

El precio era similar al del zulo, pero la habitación tenía más claridad, una mosquitera en condiciones y encima el espacio era mucho más amplio. No había color.

El baño estaba fuera del cuarto, pero nuestra zona estaba tapada con una cortinilla que hacía las veces de puerta. Muy práctico la verdad, porque entraba la brisilla y hacía más fresquito. Baños aceptables (sin agua caliente para variar aunque con una rana metida en el váter) pero para lo que necesitábamos, más que suficiente.

Y allá fuimos al pueblo montados en Pegasus, con la señora que se nos había unido para que la acercásemos al centro. Por el camino nos contó que por esta época, en esa zona debería de estar lloviendo más, pero que estaba lloviendo muy poco, y que en algunas zonas muy pobres lo estaban pasando bastante mal ya que no tenían agua ni para beber.

Nos gusta ir escuchando lo que nos van contando, ya que te vas haciendo una idea general del país, además de lo que tú mismo vas viendo. Nos recomendó un sitio para ir a comer, y ella se bajó en el mercado.

Pues ahí que entramos con nuestra cara de pánfilos blancos a ver qué podíamos elegir de las bandejas que tenían expuestas detrás de la cristalera. No nos la queríamos jugar, teníamos hambre. Así que fuimos a tiro fijo: arroz con muslos de pollo. Jacobo pidió dos muslitos en vez de uno y ya alucinaron.

Yo le pedí poco arroz pero ya que estaban, les dije que me añadiesen un tercer pollo. Fliparon todos y empezaron a hablar: guau 3 pollos. Pero si son enanos pensaba yo.

Así que nos sentamos fuera y pedimos una botella de agua fría para paliar el picante que ya augurábamos. Y no nos equivocamos, desgraciadamente. La boca nos ardía y podríamos haber encendido una antorcha con nuestro aliento si nos la hubiesen puesto delante. ¿Igual por eso flipaban por pedir 3 pollos? Nunca lo sabremos.

Lo cierto es que tuvimos que dejar algo de comida, así repartida entre los bordes del plato para que pareciese menos, porque ese fuego era incomible. Así que acto seguido nos fuimos a comer un helado cada uno para rebajar esa subida de temperatura corporal y que no nos entrase una chunga.

El heladito lo tomamos a lomos de Pegasus, a la sombra, muy rápidamente para que no se deshiciese. Después de mi pelea con la modorra fuimos a la colina a ver los templos que había por allí; obviamente perdiéndonos antes por seguir las indicaciones del gps que nos mandaban a la otra punta (google ponte las pilas porque te estás pasando).

Acabamos en el museo, donde un señor amablemente nos medio obligó a entrar a verlo. Primero la colina y después el museo, le decíamos (ya sabíamos que después venía la donación y la verdad es que el museo no nos interesaba mucho).

Él nos decía que no, que primero el museo y como no queríamos, nos enseñó una maqueta de la colina en la que aparecían los templos que había que visitar en Mihintale. Dijimos que pobre, que qué mal pensados éramos, que sólo quería ayudar. Así que le hicimos caso y vimos el museo de 5 minutos de explicación con un chapurreo de inglés, y cuando terminó la visita vino la donación.

Y cuando pagamos, nos dijo que no, que diésemos más. ¡Mira, que no tenemos! Le decíamos mientras buscábamos en la cartera billetes pequeños. Y después de asomar la cabeza y ver que no le engañábamos, aceptó lo poco que le volvimos a dar, aunque no llegase a lo que nos pedía.

Decía que éramos los primeros en ir ese día (algo era ello, éramos los pringuis del día). Así que nos despedimos y seguimos las indicaciones que nos había dado el señor.

Llegamos y aparcamos a Pegasus, le bajamos las alas y lo cerramos bien, porque habíamos oido que los monos de allí eran muy salvajes y les daba igual todo con tal de arramplar lo que pillasen. Nos fuimos a ver unas cuevas que había entre rocas y después de perdernos entre ellas, bajamos a por el tuk tuk.

Mihintale
Chica meditando súper seria
Mihintale
Nosotros aquí tan felices y despreocupándonos de Pegasus

 AY AMA, ¡HAN ATACADO A PEGASUS!

Cuando llegamos al tuk tuk nuestras caras parecían un cromo. Nos encontramos las alas enrolladas en las barandillas y el asiento subido. Cuando lo bajamos estaba todo lleno de babas, arena, arañazos y huellas de mono. ¡Nos han robado el antimosquitos! Mierda, lo que nos faltaba…

Un tuk tukero que estaba a nuestro lado nos vio nuestras caras de circunstancia y nos explicó que habían sido los monos, que son muy listos y que pensaban como los humanos. Nos fuimos todo moscas “sí claro, como que un mono sabe enrollar las cortinas…” y por la cuesta, nos encontramos a un guía.

¿Habéis venido en tuk tuk? Y nosotros “sí”. Y Nos contó que había sido él el que nos había enrollado la cortinas (sabía que los monos no habían sido: son listos pero tampoco te pases), que nunca teníamos que dejar el tuk tuk cerrado porque si entraban monos nadie lo veía y podían liar una buena… que era mejor dejarlo abierto porque así, si alguien los veía, los podían echar.

También fue él el que nos dejó el asiento levantado, por si volvían, pues que al menos no arañasen el asiento. Le dimos millones de gracias y seguimos el camino hacia arriba (una vez en la cima vimos a un mono que tenía el monopolio de la roca y nos seguía para quitarnos el bolso y nos miraba con cara muy chunga. Yo casi salgo corriendo).

Mihintale
Vistas desde la cima (falta la estupa)

Cuando bajamos, nos encontramos al primer tuk tukero con el que habíamos hablado, sentado en Pegasus y custodiándolo para que no le volviesen a atacar. ¡Cada vez nos parecen todavía más majos los ceilaneses!

Así que para terminar el día fuimos al centro a cenar y ya de paso, comprobamos que Pegasus estaba más herido de lo que pensábamos. ¿O esto lo tenía ya? Esperemos que no nos quiten la fianza (cruzamos los dedos).

Cogimos unos bollitos (la mejor opción de cena apetecible que vimos sin lugar a dudas) y los llevamos al hotel a comerlos allí. Queríamos acostarnos pronto y descansar, que la noche anterior no habíamos dormido mucho y al día siguiente teníamos un buen trayecto desde Mihintale hasta Trincomalee, nuestro nuevo destino (cada vez los nombres son más raros). Si queréis saber cómo sigue nuestra aventura, ¡no os perdáis el siguiente post!

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2 Comments

  1. A mi lo del café también me pasaba Jani, nos dijeron q nunca había que removerlo para q los posos queden abajo!
    Pobre pegasus!! Jajjaja x lo menos no os llevasteis ningún mono debajo del asiento!

    • Jajajajaja si bueno… ya lo que nos faltaba!!!😂😂 estos monos dan un poco de canguele, pensándolo bien menos mal que no vimos cómo le atacaban, porque no me quiero imaginar ahí enfrentándome a ellos para que dejen a pegasus tranquilo!!!😅😅 y lo de los posos ya hacemos eso también porque si no… se hace muy difícil beberlo jajaja 😘😘

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