Después de tanto oír hablar de las maravillosas islas del sur de Camboya nos picaba mucho la curiosidad: ¿Cómo serían? ¿Estarían tan bien como la gente las pintaba? Si te somos sinceros tampoco teníamos el listón muy alto: veníamos de estar durante casi un año en Koh Tao así que ni nos moríamos de ganas de visitar una isla, ni creíamos que fuese a tener rincones mucho más chulos que los que habíamos tenido hasta ahora. ¿Y qué nos pareció? Pues tendrás que seguir leyendo para saberlo 😉

Si has leído nuestras aventuras durante los últimos días en Siem Reap sabrás que el último día que estuvimos allí no paró de diluviar, así que lo aprovechamos para trabajar y comprar los tickets para llegar hasta Koh Rong Samloem, “la elegida”.

El hotel bus del que nos reímos por no llorar

Dentro de lo que cabía el trayecto pintaba bastante bien: nos vendrían a buscar a la puerta del hotel para llevarnos al “hotel bus”, donde pasaríamos unas 10 horazas en la “cama de matrimonio” para llegar a Sihanoukville, la ciudad desde donde saldría nuestro ferry hasta Koh Rong Samloem.

Todo marchaba sobre ruedas: cargamos nuestras cosas en la “fragoneta” y fuimos rumbo a la estación de autobuses. ¡Oh! ¿Cómo sería el bus? Nos preguntábamos, sin saber que más que un hotel bus, lo que nos esperaba era un sarcófago minúsculo en el que no cabíamos ni sentados (nos chocaba la cabeza con la cama de arriba) ni tumbados a lo largo.

A Jacobo le faltan dos columnas de humo saliéndole de las orejas 😂

Y si a eso le añades que llevábamos las cosas de valor en la cama con nosotros te puedes imaginar cómo íbamos. Nuestro espacio vital nos abandonó nada más entrar por la puerta de ese autobús, en el que casi casi teníamos que pasar de perfil para caber por el pasillo.

“¿Esto es un hotel bus? ¿Pero cómo se atreven?” Yo me partía el culo de risa pero a Jacobo no le hacía ni puñetera gracia, aunque claro, teniendo en cuenta que él es bastante más largo que yo pues era bastante comprensible. Yo no paraba de pensar que si a nosotros siendo pareja nos esperaba una noche “interesante”, no quería ni imaginarme cómo lo pasarían esas personas que viajaban solas y que por tanto, tenían que compartir sarcófago con un completo desconocido.

El caso es que después de hacer el Tetris varias veces para caber de una manera medianamente decente, pudimos empezar a descansar. A Yeicob se le ocurrió la idea de que cada uno durmiese al revés del otro, así que en vez de cara-cara,  dormimos pie-cara. Por eso de que los hombros son más anchos y ocupábamos demasiado espacio de una misma parte.

“Venga cari ya me doy yo la vuelta”. Y poco a poco, hecha una bola y tapada hasta arriba conseguí encajar la cabeza entre mi mochila, sus pies y un soporte de metal para apoyar las cosas con el que a lo largo del viaje me choqué más veces de las que me gustaría admitir.

Descansando en el hotel bus

“Joe qué mierda, sólo veo pies”. Claro, estábamos a ras de suelo y lo único que nos separaba de la zona común eran unas cortinillas que la gente no paraba de abrir al pasar, porque eso era tan estrecho que se quedaban pegadas al cuerpo de la gente cada vez que entraban y salían del bus. Cuando la afluencia de personas tocapelotillas terminó, llegaron los baches de esas carreteras infernales, así que entre eso y las luces de las farolas que se veían de vez en cuando acabé quedándome dormida.

De repente, cuando comenzó a amanecer, empecé a escuchar una música que no paraba. “¿Estás de coña?” Así que cuando mi paciencia se agotó (o sea al de medio minuto), abrí la cortinilla de malas maneras con mi cara de asesina en serie preparada para quien estuviese justo detrás.

Y me encontré a un tío sentado en el suelo del pasillo mirando ¿videoclips? o yo qué sé qué era. No me lo puedo creer. ¿La gente es que no respeta nada o qué? Y yo con mi cara de mala milk cerré la cortina a la misma velocidad a la que la había abierto, sin separar mis ojos de su cara en plan “te estoy vigilando”. Parece ser que mi vena intimidatoria no tuvo mucho éxito porque yo creo que ni se dignó a bajar el volumen. Bueno, igual le dio dos veces al botón, y ya. Se creería que había cumplido con su buena acción del día.

Al de un rato de grabar este vídeo me volví a quedar seca y hasta que Yeicob no me avisó de que habíamos llegado yo seguí durmiendo como una ceporra. “¿Ya hemos llegado? ¡Qué rápido!”. Si fíjate, después de refunfuñar tanto pensando que me había tocado la peor parte del sarcófago había dormido bien y todo. Y lo que no supimos hasta más tarde fue que por suerte para mi, y mala suerte para Jacobo, yo me había llevado la mejor parte.

Breve inciso sobre SIhanoukville

Cuando empezamos a cotillear sitios para visitar en Camboya  y organizar nuestra ruta, en un principio habíamos incluido Sihanoukville como destino imperdible. Gracias a la pareja que nos alquiló la moto en Siem Reap y nos vendió los tickets pudimos descubrir que esta ciudad ya no es lo que era. Al parecer, se ha convertido en una especie de Chinatown en la que los chinos han invadido todo, han montado casinos y han creado una especie de gueto mafioso donde no deberías recomendarle ir ni a tu peor enemigo.

El matrimonio lo tenía bastante claro: Sihanoukville ya no es lo que era y aunque en su día ellos lo visitaron, ahora mismo no gastarían ni un dólar en ir allí de vacaciones. Por lo que nos contaron, debía ser un poco peligroso y los chinos lo han dejado bastante guarrete así que aceptamos sus consejos encantados y pasamos por Sihanoukville sólo para llegar a las islas y para salir de ellas. (Más adelante escuché una conversación en Koh Rong Samloem que confirmaba todo esto que te estoy contando y el dueño del hotel de Banglung nos dijo exactamente lo mismo, hablándonos de mafia, pistolas y no sé qué más. Así que creemos que hicimos bien en no ir).

Llegando a Koh Rong Samloem

Bueno total, que llegamos a la estación de autobuses de la nueva Chinatown y nos pasamos a una especie de carrito de golf-autobús para llegar hasta el puerto. Cogimos los billets de ferry (habíamos comprado una oferta en la que nos regalaban los billetes de vuelta) y nos fuimos a la lancha que nos llevaría a Koh Rong Samloem. Una lancha muy pro que nos sorprendió gratamente.

Por suerte el trayecto no duró mucho y en medio capítulo de la serie más moñas que he visto hasta la fecha (por si te interesa saberlo, es Velvet) ya habíamos llegado a nuestro destino. ¡Wow! ¡Qué aguas! Cari mira, ¡si se ven los pececillos desde aquí! Y más contentos que unas castañuelas seguimos el caminito del muelle hasta el bar que estaba justo enfrente.

puerto koh rong Samloem

Yo me acababa de comprar mi maleta en Siem Reap y justo llegábamos a un destino en el que no existían las carreteras. ¡Sólo playas y caminos de tierra! Así que mientras maquinábamos cómo ir con todos nuestros bártulos hasta el hotel, un conductor de txalupitas muy majo nos preguntó que a dónde íbamos. “¡Anda! Yo voy al hotel de al lado, montaos que os llevo”. ¡Yuhuuuu! ¡Nos llevaban en barca y además gratis! ¿Qué más podíamos pedir?

Pues además del trayecto en barca, tuvimos la suerte de entrar a nuestra cabaña a las 9:00am, a pesar de que el check in no era hasta las 12:00h. ¡Y qué cabaña más chula! La verdad es que no tenía nada del otro mundo pero estaba a 10 pasos de la playa y era muy fresquita, ¡a la sombra todo el día!

Al ser tan pronto y haber tenido un viaje un tanto incómodo (por llamarlo de alguna manera), Jacobo quiso tumbarse en la cama a dormir un rato y yo me quedé en la terraza despatarrada, más a gusto que un arbusto, viendo esa serie que me pone enferma de lo moñas que es pero que me tiene enganchadísima. ¿A ti no te ha pasado nunca? 🤣

Primer día disfrutando del paradise

Yeicob se levantó fatal de los fatales, creyendo que con un simple paracetamol todo se le pasaría. El puñetero aire acondicionado del bus salía hacia su cara aunque estuviese cerrado, y eso al parecer le acabó pasando factura. Ninguno lo sabíamos en aquel momento, pero ahí cayó enfermo y no se recuperó hasta pasados varios días, desgraciadamente cuando ya nos habíamos ido del paraíso.

Por suerte, durante ese día y el siguiente estuvimos con Maxi, un gran amigo de Koh Tao que hizo nuestra estancia más amena todavía. La verdad es que no hicimos gran cosa: paseamos por la playa y nos fuimos a comer y a tomar unas cervezas mirando al mar mientras pensábamos: “qué vida más dura tío”.

Por la noche, la barbacoa a pie de playa que cenamos y los coktails que nos tomamos después hicieron que el día fuese perfecto. Al menos para mí, porque mi pobre cari cada vez estaba peor y llegó a casa tan caliente que juraría que tenía hasta fiebre.

que ver y hacer en koh rong samloem imprescindibles
Barbacoa a pie de playa

¿Qué nos depararía esta increíble isla el resto de días que nos quedaban? Si tienes ganas de seguir con nuestra historieta, no te pierdas nuestra siguiente crónica. ¡Chauuuu! 👋🏼

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